domingo, 24 de septiembre de 2017

Dopplegänger.




El espejo devuelve un rostro desconocido. El frágil cristal que encerraba mi identidad se rompe y la noche invade mi pecho. En ese momento, el saberme falacia despierta, como una chispa, la contemplación del absurdo. ¿Quién soy yo después de haberme negado? Me doy cuenta: en mi derrota vive mi enemigo.


Un doble grita en las sombras, ansioso por corromper lo que amo. Débiles murallas, cual suaves cortinas, alcé  para defenderme. Estoy seguro de mi doblez, pues ser yo me cuesta arduo trabajo.* Un paso en falso, un ligero descuido, y mi enemigo me absorbe en su torbellino. Soy una constante amenaza de no ser.




Trágica existencia, la de una ilusión en busca de un cuerpo. Estoy hecho de la misma materia de la que están hechos los sueños, mis brazos quebrados sólo abrazan nubes*. A la bofetada devuelvo la otra mejilla; sueño con un niño que me aplasta los ojos. El bien es ciego, y  por eso es culpable.


Tengo un espíritu lisiado, llagado de remordimientos. Un oscuro enemigo domina mi cuerpo. No tiene que fingir, pues simula mejor que yo. Nadie sospecha de su papel. Ser y parecer, para él, son una sola cosa. En cambio mis movimientos son torpes, las palabras trabadas y  mi corazón inaccesible.

Ojos negros porto y ante el espejo los cierro. Imagino que allí, tras ese velo, existo como idea.






Marcos Liguori.

Imágenes: Twin Peaks, de David Lynch y Mark Frost.

Música recomendada para la lectura del texto (disponible en la playlist del blog temporalmente):









martes, 11 de julio de 2017

Twin Peaks: El Regreso Parte VIII, de David Lynch y Mark Frost.

El Mal se vuelve símbolo.

“En primer lugar existió el CAOS”. Hesíodo, Teogonía.

"Dios es el horror en mí de lo que 
fue, de lo que es y de lo que será tan
HORRIBLE que a toda costa debería
negar y gritar con todas mis fuerzas
que niego que eso fue, que eso es, 
o que eso será, pero mentiría." Georges Bataille, Mi Madre. 


<<Ni al sol y ni a la muerte se los puede mirar fijamente>>, decía Francois de La Rochefoucauld. La misma metáfora puede aplicarse a todo lo partícipe de lo no-humano (lo amoral), incluyendo a la imagen que proyecta el espejo del hombre (su reflejo deshumanizado). Es necesario, para captar una noche que podría sernos destructiva, reducirla a un punto de luz. Darle forma al CAOS, ese gran bostezo que engendró, desde sus entrañas, el rostro del mal.






¿Cómo concebir tanta maldad? Imposible. La fuerza pura que significa el horror se hace coherente mediante el símbolo, el sueño o la ficción. Son los únicos idiomas con los que podemos tolerar y entender la crueldad de su música. El mal, con voz radioactiva, sólo habla en poesía.





Gotta Ligth?


El universo sólo nos es pensable si lo reducimos a un principio ético. Un universo indiferente nos resulta, simplemente, inconcebible. Esta explicación es un esbozo burdo de lo que exploró Macedonio Fernandez en Tantalia. Allí, un hombre ingenia suplicios tremebundos destinados a un trébol. Desea, provocándole el mal absoluto, tender la balanza del SER hacia la NADA. La obsesión del protagonista por transgredir los límites éticos que imponemos al cosmos -en un desesperado anhelo por la nada- tiene por supuesto la imposibilidad de un universo adverso. Por contrario, su  deseo (¡tan humano!) es un universo bueno, un universo víctima. Torturar a una planta, el ser más indefenso por excelencia, significa reducir el cosmos éticamente a su absurdo y eliminarlo. Siempre y cuando el universo esté regido por la corona de la ética. Pero el abismo jamás ha conocido ley, y a la torva vista de la crueldad le devuelve la mirada*. Si vamos más allá, esa sensación temblorosa de lo ‘inconcebible’ -moralmente hablando- que el cuento de Macedonio plasma como NADA (en vez del SER), es precisamente el límite de nuestra cordura. Más allá se encuentra lo desconocido. Profundidades a las que ningún mortal -sólo acariciadas por la horrible y valiente (ir)razón de Sade-, se atrevió a explorar. Eso desconocido, de ser captado directamente,  nos fulminaría y nos dejaría  a oscuras, en la misma NADA que nos imaginamos. Llamo a ese espacio de posibilidad CAOS.





El CAOS debe ser traducido a términos morales para que podamos tolerarlo. Pero ¿como hacer de lo insoportable soportable? Así como el dolor precisa del grito (sin estar naturalmente relacionado a él) para hacerse llevadero, la ficción es la expresión clave para la comprensión del universo, de nuestro universo. La luz y la oscuridad usan sus propias máscaras, y tienen sus propios teatros. Por un lado, en una sala roja y oscura, viven aquellos impulsos horrorosos y malignos que forman una potencia fundamental del ser.

Nace BOB.

Pero no son los únicos. Si el mundo fuera puro mal, nos sería igualmente inaprensible, y caeríamos necesariamente en la nada CAÓTICA que mencionamos. Seríamos espíritus errantes, desconocedores de las suaves caricias de la moral; leones devorando la dulce médula de un búfalo. No. Para que haya una tensión entre la vida y la muerte, entre el ser y la nada, entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, se necesita precisamente un equilibrio. Ese equilibrio puede ser armónico, pero ello no niega la sangrienta lucha, el constante combate entre las personificaciones de el halo y la penumbra. Horror y oro se entrelazan.

Nace LAURA.





La Bomba Atómica.

"Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos." Robert Openheimer.   



-Flashback- 1945, desierto de Arizona.

Se produce un suceso a gran escala. Un acontecimiento titánico, digno de ser escrito en la historia del cosmos. La bomba atómica significa una ruptura de los estándares morales que hasta entonces veníamos usando. Es, por su potencia y su magnitud, un fenómeno moralmente inaprensible; pero no del todo, porque EL MAL SE VUELVE SÍMBOLO. Al igual que cuando nos encontramos solos, en la oscuridad de la niñez, y de ese telón oscuro no paran de surgir formas monstruosas que se mueven, danzan y se retuercen, la bomba atómica produce una pared de humo demasiado cruel para ser contemplada sin consecuencias. Espíritus errantes y oscuros, desde otros planos, pueblan nuestro corazón. El mal, ese asqueroso insecto, besa los labios de la tierna inocencia, y se aloja en sus entrañas. La bomba atómica simboliza, para nosotros, la materialización de la idea de la destrucción. Es una metáfora letal, material y palpable como una nube. Con ella vienen asociados una tormenta de ideales desoladores y tóxicos, que dominarán necesariamente todo carácter posterior. 



Pero este orbe siniestro, como el espejo que devuelve nuestro mismo rostro invertido, proyecta a su vez una gran creación. A la fuerza vomitada desde la profundidad se le opone otra del color de las ideas.



BOB Y LAURA son formas coherentes de aprehender las pulsiones terribles y divinas que nos dominan a todos los seres humanos, y peor aún, su propia conjunción. Lejos de ser dos opuestos aislados, intocables entre sí, están ligados por lazos de  morbosidad, muerte, belleza y amor. Ese gran conjunto genera, en la profunda realidad humana, la sensación de que todo es un sueño. Los ojos comienzan a adormecerse, cortinas rojas vibran en el aire.

 We live inside a dream. 



Marcos Liguori. 
Inspirado en Twin Peaks, The Return, Parte VIII, de David Lynch y Mark Frost. 
Imágenes: Twin Peaks, The Return, Parte VIII, de David Lynch y Mark Frost. 
Música recomendada para leer el texto: Penderecki, Threnody For The Victims Of Hiroshima (usada en el capítulo), Kosmogonia y Cello Concerto N°1; Beethoven, Moonligth Sonata, slowed by David Lynch (usada en el capítulo). Los enlaces estarán temporalmente disponibles en el reproductor del blog. 

viernes, 27 de enero de 2017

Manifiesto de la Nada.



Siervos dormidos bajo  el sol. ¡Despierten! Pues la noche ha llegado. Observen los vastos campos de nada que serpentean alrededor. Alcen la vista. Contemplen el astro de plata que baña sus rostros con fría luz. ¡Y cómo esas nubes lo oscurecen!.

De igual manera, el abismo opaca la pupila ¿y cierran sus ojos a la misma Penumbra?


Seres débiles y cobardes*, apaguen las luces. ¡No hay nada que alumbrar! La vida es un paso en falso. No hay camino, ni se hace camino al andar**. Piérdanse y erren, acaso el castigo mayor será la indiferencia.

¿Por qué te empeñas, manso león, en ponerte la cadena? La libertad te asusta y sólo ruges bajo el sol, pues la tiniebla no tiene oídos.
No seas tonto, grita. Igual da si tu voz es débil. No te subyugues al Silencio tirano, amargo verdugo del corazón.

Y ustedes, idiotas, ¿no les dijo Cristo hace dos mil años que nadie echa vino en odres viejos? “¡A vino nuevo, cueros nuevos!”*** En vano vierten su alma a la convención.  Sus anhelos matan, y atemorizados por jueces, críticos e intelectuales, a su animal callan, ejerciendo en el arte –diría el poeta- la prostitución.****

Escuchen este sermón: ¡No hay nada! Libres son, amigos míos, del alarido o del canto. El vacío perdona al genio y al pecador, al bello y al deforme, y  el gusano come gustoso al santo y al asesino.*****Pero la misma Parca escupe al cobarde. Al que vive bajo los rayos de la convención. Quién se evadió a si mísmo no vivió. No se puede matar lo que está muerto.

Por ello, hermosas y feas bestias, griten. No callen ni rechacen su propia deformidad. No se inmolen en lo establecido. ¡Tenemos derecho a la nada!  



* Mal plagio al comienzo del discurso del duque de Blangis, en las 120 Jornadas de Sodoma, del Marqués De Sade. 

** Mal plagio al célebre poema de Machado. 

*** Marcos, 2;22.

**** Baudelaire.

***** Alusión a Demian, de Hermann Hesse: "El verdadero oficio de cada uno era tan sólo llegar hasta sí mismo. Luego podía terminar en poeta o loco, en profeta o criminal. Eso no era cosa suya, y, además, en último término, carecía de todo alcance. Su misión era encontrar su destino propio, no uno cualquiera, y vivirlo por entero, hasta el final. Toda otra cosa era quedarse a mitad de camino, era retroceder a refugiarse en el ideal de colectividad, era adaptación y miedo a la propia individualidad interior."

Marcos Liguori. 

Imágenes:  
Segunda imagen o gif: Hannibal (2013-2015), de Bryan Fuller. 
Última imagen: Teorema (1968), de Pier Paolo Pasolini. 



domingo, 15 de enero de 2017

Caos y Cine: El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman.



Procesión.

Se arrastran fieles las rodillas
Percudidas por tanto dolor
El cruel Sol azota, con los dorados cables
De su imperturbable flagelo.

Arde y aúlla la parca
Sobre corazones temerosos
Y el divino anhelo
De un Dios que perdona
Se pierde a lo lejos, en el horizonte.

Marcha fúnebre en vida
Muerte anticipada
Último baile de las entrañas
De quienes saben, que aunque en el rezo
            No tendrán salvación.          

¿Por qué se arrepienten antes del temblor?
¿Por qué no entregan, su maldita carne
A un último festín?
¿Será que esperan, en medio del grito,
Lograr el canto?

  

Interludio infausto antes de que muera el sol. El mar y el ajedrez entre las rocas. La partida es la vida, y la muerte siempre gana. Aun así, la jugamos. ¿Qué esperamos lograr, entre el peón y el jaque?


Hay en el cuerpo una artería derrotada que todavía clama por Dios. Ve con ojos llorosos que la nada le espera, pero no se resigna a asimilar esa verdad. No quiere morir, aun cuando ya es demasiado tarde para vivir de nuevo. Ese atardecer, ese estadio de arrepentimiento, esa recapitulación tardía, es el cenit de la luz del conocimiento humano que se mezcla con la nube del temor. Juntas generan un resplandor opaco, reflejado en la temerosa pupila que contempla la existencia desnuda y desgarradora, la tragedia inevitable, la cárcel que significa el cuerpo para un espíritu demasiado carnal, tanto, que no puede evitar morir en ella. 

Bajo esta larga y fulminante luz, que es la conciencia terrible de la mortalidad, la vida se torna una prorroga prestada por la muerte. Atesoramos avaramente cada segundo. ¿Qué esperamos conseguir con ello? ¿Qué hacer sino gritar desesperados ante la peste redentora que nos elimina constantemente? ¿Por qué el alma caprichosa se niega a aceptar la ceguera que la nada supone, y busca, tanteando, arañando, invidente, alguna señal de Dios? Brilla una estrella  amarga sobre la procesión del dolor.

 Pero en el cortejo, en la propia marcha, hay un misterio.

¿Es simplemente angustia o temor lo que mantiene en velo al alma arrepentida? A aquel ser perturbado por su finitud que se niega a festejar, junto a juglares y amantes, los últimos momentos de una buena vida, dulce como el vino. No, su semblante mira a la parca, la cuestiona, y espera en la oz una respuesta: pero ella, como Dios, no habla. Porque la muerte no es nada.


Queda solo la marcha, la rodilla en el suelo, el pesado paso hacia un futuro harto conocido, la oscuridad total. La nada, el abismo, la peste. El cuerpo en llagas retorciéndose de dolor, la sombría eternidad indiferente y cercana. No hay misterio en eso. Si lo hay en el letargo. En el cuestionamiento interno, en el estallido de los nervios ante una verdad que no puede asimilar. Y luego el ensañado instinto espiritual del arrepentimiento. El voluntario martirio. ¿Qué Dios o qué demonio, qué pena o qué tortura, se busca expiar en el flagelo, con tal de evitar la serena verdad: morir es la nada?
Mejor sería festejar la finitud. Soltar al vacío una carcajada. Pero hay quienes no podemos. Animales de espíritu, huérfanos de Dios y de Su Silencio asesino. Jugamos, sin Padre y sin Corona, al ajedrez con la muerte.



“Los veo, los veo
Sobre ellos llega el cielo tormentoso.
Suben juntos el monte.
La Muerte severa  los invita a danzar
Van cogidos de las manos.
Y, bailando, forman una larga cadena.
Delante va la Mismísima muerte
Con su guadaña y su reloj de arena.
El último lleva su laúd y camina de espaldas.
Ya marchan todos, huyendo del amanecer
En una solemne marcha, hacia la oscuridad.
Mientras, la lluvia lava sus rostros
Surcados por la sal de las lágrimas.”*




Marcos Liguori. 

* Escena de El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman. 
Texto basado en El Séptimo Sello (1956), de Ingmar Bergman.
Imágenes: El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman.